Final de partida

Ana Schwartzman


Las cosas también deben estar allí todavía,
un poco más gastadas, un poco más
menguadas, muchas en el mismo lugar que
el tiempo de su indiferencia.
Samuel Beckett


No sólo los monumentos quedan en pie con los años. Así lo hacen también los

desechos, las destrucciones, los desencuentros y los fracasos. Quizás sean éstos los

que más perduren ya que sólo podrán dejar de serlo cuando pasen del olvido a ocupar

un lugar en la historia.

La fotografía de Santiago Porter es un ensayo sobre y con el tiempo. No pretende

escribir una nueva historia pero sí explorar lo que está escrito en sus márgenes y que,

por no haber sido monumentalizado, sigue latiendo por lo bajo. Porque evocar el

pasado desde el presente es un desafío a nuestra manera de pensar quiénes somos,

quiénes hemos sido y, por qué no, quiénes seremos. El tiempo deja una marca a cada

paso y detrás de él, Porter construye su inventario.

Pero no nos confundamos, si bien en un comienzo la fotografía le sirvió para burlar la

fugaz existencia de las cosas, con el tiempo Santiago Porter se dio cuenta de que no

existe tal fugacidad, sino que lo que ocurre es que el peso de la historia se imprime en

cada rincón, habita en cada detalle, es más: que la historia se ve en lo detalles. Claro

que, al igual que para los románticos de fines del siglo XVIII, esos detalles no se

traducen en información, no están en la superficie sino que conforman la esencia de

las cosas, eso que puede ser evocado y a la vez manifestarse con su mayor fuerza.

Así es que en los últimos años, Porter dirigió su trabajo tras la inquietud que le

despierta la relación entre el aspecto de las cosas y su historia. Tanto como para

Beckett el teatro, para él la fotografía es una necesidad más que una elección. No se

trata de un ejercicio instantáneo en el que se registran imágenes sin mediación del

tiempo: con paciencia contemplativa y concentración métrica, compone sus fotografías

desplegando recursos que retengan nuestra atención y nos guíen hacia la idea o móvil

que lo llevó a tomarlas. Sus fotografías no nos muestran las cosas como son, sino que

exaltan el sentido que adquieren al ser fotografiadas, esa capacidad evocativa que

poseen las metonimias y que para Porter significa el desafío de decir cada vez más

con menos.

De técnica preciosista, encuadre frontal y gran tamaño, las fotografías parecen

bastarse con tan solo un efecto denotativo, incluso los títulos de cada una de las obras

se atienen a nominar cada imagen sin rodeos ni enigmas; sin embargo, una densidad

poética y conceptual vibra a través de los marcos de cada imagen. “La imagen nunca

es una realidad sencilla”: así Rancière introduce la idea de que las imágenes del arte

establecen un vínculo entre lo decible y lo visible, un vínculo que no es directo sino

que se encuentra mediado por tropos del discurso que, desafiando la simetría de las

semejanzas, trazan un puente entre lo visible y lo invisible.

Desde sus primeros trabajos, Santiago Porter explora la representación de lo invisible

y !paradoja o no! la fotografía es el medio que le abrió el paso en esa búsqueda. Las

obras reunidas en esta exhibición conforman la serie titulada Bruma, una producción

que se inició en el año 2007 y se compone de tres capítulos, que a modo de un libro,

hilvanan una historia de devenir cíclico. En su primera etapa, los edificios públicos

protagonizan un relato sobre su función en la vida social evidenciando su derrotero en

la superficie de sus fachadas; así, el brillo de las puertas doradas del Ministerio de

Economía al lado del Hospital Ferroviario con su aspecto decadente, dibujan el signo

de la corrupción. El segundo conjunto de fotografías reúne monumentos que se

volvieron obsoletos y, por ello, mucho más potentes en su carácter evocativo: marcas

de perdigones en un paredón de ladrillo, letras de bronce sustraídas de lo que supo

ser un homenaje a los caídos en Malvinas; Evita y Perón decapitados. Por último,

bloques de hormigón hermético rodeados de kilómetros de pampa rasa y vacía, postes

de luz sin conexión eléctrica, un bosque muerto y humeantes surcos de plantación de

cañas de azúcar en un territorio donde hace no tanto tiempo comenzaba uno de los

capítulos más sangrientos de nuestra reciente historia; paisajes que no merecen ser

motivo de postal y que describen un país que construye ruinas ex profeso.

Es precisamente la recurrencia al contraste y las contraposiciones de sentido al límite

del oxímoron lo que confiere la fuerza a estas obras; es el acto de fotografiar, el

convertir la cosa en imagen lo que hace más tangible y presente la densidad de la

historia. En este proceso, la presencia de la bruma es central, funciona como soporte

de la potencia que adquieren las cosas al ser fotografiadas, permite ver, pero a la vez

asigna un aspecto particular que opaca, y en ese velo aparece la historia que para

Rancière se encuentra cifrada en cada imagen.

El verdadero destino de las imágenes de Santiago Porter es servir a una memoria

constructiva que interpelando el pasado disponga el tablero para otro juego de la

historia.