El estado del paisaje

Alejo Ponce de León


Políticas de estado que embrujan los paisajes, inapelables, transmitidas como una señal de microondas desde predios mugrientos. Bruma es un paseo por los jardines embrujados de la patria a la vez que un reflejo ejemplar de la revitalización de un cuerpo de obra a través de maniobras atinadas de curaduría. Al decidir mostrar algunos trabajos de su serie Fotografías recientes, conjunto producido entre 2007 y 2009, junto a las llanuras afligidas que capturó este mismo año, Santiago Porter resignifica sus tesis gráficas sobre autoridad y decadencia y consigue infundar una sensación amenazante de sadismo en reposo, de crueldad somnolienta. Esta selección de fotos deroga cualquier vínculo con la trama urbana para arrimarse a cierta imaginación del Gran Paraná que en la escritura nacional inauguró Mansilla y luego bajó de alguna forma hasta Juanele; esa imaginación de misticismo empañado ardiendo en la intemperie, encumbrada definitivamente por Martín Rodríguez y a la que otros poetas jóvenes como Carlos Godoy o Valeria Meiller le garantizan la subsistencia. En Bruma las llanuras elíseas revelan sus traumas y hacen pensar que nunca, nunca van a conseguir librarse del agobio de la historia; en lugar de eso, lo tolerarán pesadamente, envueltas en neblinas o perforadas por estelas humillantes, como esa torre de vigilancia que aparece en una de las fotos. Eligiendo exponer el esqueleto sin facciones del Hospital Aeronáutico en lugar de su gran retrato del Hospital Ferroviario, colmado de signos, Porter propone una indagación menos literal de las problemáticas que lo preocupan. Se separa de la mera biografía histórico-arquitectónica para inaugurar una linea más flexible dentro de su propio trabajo, más próxima a los códigos de abstracción monumentalista en pugna con la naturaleza que manejan colegas como Bas Princen, sin rebajar la densidad sus inquietudes políticas. Coincidiendo además con la reedición de las reescrituras de Leónidas Lamborghini, poeta capital del ethos peronista, la Evita de Porter sale de gira nuevamente; esa Eva Blancanieves sin cabeza es el reverso de las siempre agradables ilustraciones que alumbran los manuales justicialistas de Santoro (también con una muestra por estos días en la galería Mar dulce): políticas de estado que embrujan los paisajes y políticas de estado que atraviesan la materia con el filo de la profanación. Testamento del fin de toda fantasía, Evita es al mismo tiempo una de las pocas obras verdaderamente icónicas producidas durante la última década en nuestro país. En el ingreso al terreno de lo mítico, Porter ensaya por primera vez una solución para el deterioro, eso que lo obsesionaba: más que una colección de reliquias del oscurantismo, o una nueva vuelta de tuerca sobre las formas del paso del tiempo, Bruma logra sugerir una idea de eternidad sofocante en forma de suspenso. Un velo cubre estas imágenes a la espera del vuelo rasante de un tiro que lo haga ondularse durante algunos segundos hasta quedar inmóvil nuevamente, sin llegar nunca a desgarrarse.