A cara lavada

Natalí Schejtman


No es poco lo que los edificios públicos dicen de un país. Pero si además se los fotografía con el cuidado y la tranquilidad de un retrato tomado en un estudio, no sólo es posible ver en sus grietas lo mismo que en las arrugas de una cara, sino también esa compleja y vapuleada relación que guarda el Estado con las personas que dependen de él y le dan razón de ser. Eso retrata Fotografías recientes, la nueva serie de Santiago Porter.

Durante unos ocho meses del año 2007, el fotógrafo Santiago Porter empezó sus domingos a las cinco y media de la mañana. No había casi lugar para las sorpresas, los imprevistos o los cambios de rumbo: ya sabía qué iba a fotografiar y cómo. Sólo necesitaba que el día estuviera nublado para concentrar en un click una investigación que sí fue mucho más larga y dispersa. El resultado de ambos procesos, el extendido y el acotado, es Fotografías recientes, una muestra que planta una serie de diez fachadas de edificios públicos, un recorrido posible de la ciudad presente y de la ciudad pasada, entre otras cosas.

El pasado pesado

El trabajo es compacto, macizo y tan monumental como las mismas estructuras retratadas, que establecen una enorme cantidad de conexiones entre sí y con el pasado duro de la historia nacional. El ex Ministerio de Obras Públicas, la Casa de Moneda, la AFIP, la Ciudad Universitaria o el Ministerio de Economía, entre otros, facilitan el contraste de los aspectos de los edificios en la actualidad, así como la recreación a través de una sola imagen de los diversos, alternativos y fluctuantes intereses del Estado en hacerse presente. Así, es posible enfrentarse a las entradas fastuosas y doradas del Ministerio de Economía y a las corroídas del edificio que fue de Obras Públicas. También, confrontarse con la historia política reciente en el exacto momento en que se mira la imagen del Policlínico Ferroviario Central, un hospital gremial inaugurado por Perón con la pompa de ser inédito a nivel internacional que atravesó los ’90 en coma (privatizaciones y reducción del gremio mediante) hasta rebasar de alegorías su día a día: todo estaba dispuesto para su cierre, pero sólo quedaba una mujer en terapia intensiva cuyo estado impedía el traslado. Murió la mujer, murió el hospital.

Pausa y mute

¿Qué pasaría si pudiéramos poner en mute el microcentro de una ciudad? Ese es uno de los aspectos más poéticos de estas Fotografías recientes: fijar con la ceremonia del retrato de estudio aquello que siempre se mueve frenético y pisoteado por gente que ni lo registra. Suspender sin volumen, congelar y hasta devolverle una cierta solemnidad con la mirada a algo que ha sido empequeñecido ética o visualmente, una pared que hoy está abandonada, descuidada o empobrecida, o cuya credibilidad está devaluada, más allá de los lingotes de oro. Convertirlas a su vez en imágenes, si bien a veces decadentes, de una belleza y una potencia que impresionan.

Como las instantáneas de un final de fiesta en las que sólo quedan guirnaldas en el piso, estas construcciones en pausa facilitan la inspección al pasado y al presente, pero esto, lejos de volverlas atemporales, las carga todavía más de historia.

Porter, que recibió la beca Guggenheim en 2002 y realizó este trabajo en sincronía con su participación en el programa Intercampos III de la Fundación Telefónica, ya trabajó el asunto de la ausencia y la huella en más de una oportunidad. En su libro Piezas (2003, Ediciones Alberto Sendrós) mostraba los restos silenciosos de la cotidianidad humana en fotografías tomadas a lo largo de 10 años a sus distintas habitaciones el último día antes de mudarse. Su trabajo titulado La ausencia será editado en estos días en la Colección Fotógrafos Argentinos, dirigida por Gabriel Díaz y Darío Lanis, y trata sobre víctimas del atentado a la AMIA. En un par aparecen, de un lado, las personas cercanas, y del otro, un objeto preciado y cargadísimo de aquel que desapareció tras la bomba.

No es de extrañar entonces que en las Fotografías recientes tampoco aparezcan personas. Por un lado, las fachadas están retratadas como si tuvieran un costado animado (sus grietas, dirá Santiago, guardan una relación con la historia equivalente a las arrugas de un rostro). Por otro, así como todo lo fotografiado en sus trabajos anteriores encerraba un vínculo entrañable con las personas que no estaban allí, es posible mirar esta falta como parte de la relación extraña entre el Estado, en sus representaciones más duras, y aquellos que viven envueltos en su política. No sólo los que visitan o trabajan en esos establecimientos entonces, sino los que son, en definitiva, objeto de su existencia. Por lo menos eso es algo que podría pensarse a partir de las dos excepciones a esta falta de presencia literal humana. Una es la imagen de Evita, construida como un mosaico de azulejos en la sede de la CGT, donde su aspecto aparece asimilado a la pared como un dibujo de formas humanas pero del lado del cemento. La segunda ocurre en el díptico del tenebroso y reluciente Instituto de Ayuda Financiera para el Pago de Retiros y Pensiones Militares. Cuando Santiago llegó en una mañana nublada de domingo a hacer estas dos fotos, tal como las había pensado y dibujado, en una de las puertas había un hombre durmiendo envuelto en bolsas. Decidió tomar la fotografía de todas formas, y el resultado es menos disruptivo que perfectamente ensamblado en la serie. Quizás ahí se cifre parte de la elocuencia de esas puertas cerradas.