Luto y dolor

Beatriz Sarlo


El arte contemporáneo explora la imagen y el mito de Evita

La fotografía de Santiago Porter, que ganó este año el Premio Petrobras en Buenos Aires Photo, muestra una gran estatua de Eva decapitada, que se encontró hace algunos años y cuya mutilación fue el resultado de la vengativa furia antiperonista posterior al golpe de 1955. Esta Victoria de Samotracia local es una ruina de la política y no, como la escultura griega, del paso de los siglos. Una mujer ataviada como princesa de cuento maravilloso sostiene entre sus manos, a la altura del pecho, el escudo justicialista. La estatua y la toma son frontales y estáticas; sólo la trama agrisada de los árboles del fondo le dan ese aire de supervivencia romántica que, por otra parte, se apodera de las obras semidestruidas, ya que en ellas se percibe el curso del tiempo, aunque, como en este caso, la estatua no haya sido mutilada por el tiempo. ??En la imagen de Porter sobrevive sin daño el escudo del partido justicialista, mientras que Eva Perón es, definitivamente, una mujer sin cabeza (como una reina decapitada, o como una agitadora popular cuyo cuerpo ha sido insultado por el odio). El amor por Eva deseó que su cuerpo fuera incorruptible, embalsamado, entronizado, ancla del Estado peronista conservado en juventud eterna. La reacción de 1955 supo de inmediato que debía secuestrar ese cuerpo. El amor y el odio jugaron sobre la misma línea de símbolos. En todo caso, para el mito peronista, la ausencia del cuerpo de Eva es la herida profunda dejada por la revolución del 55, tan profunda que estuvo entre las razones del secuestro y asesinato del general Aramburu quince años después.??En un ensayo de 1969, Michel Butor subrayó la importancia de "las palabras en la pintura" (ese era precisamente el título del libro). A Butor le faltó conocer el caso de Daniel Santoro que hoy acompaña algunos de sus cuadros con pensamientos, lado a lado, tipeados sobre tarjetitas, en un intento de evitar la fuga de sentidos. Quienes las lean pueden sentirse agradecidos porque el pintor les evita un trabajo; irritados porque las encuentran simplemente redundantes; o indiferentes y, como en tantos cuadros analizados por Butor, pasar por alto esas escrituras hasta que alguien no señale su presencia. De todas formas, las didascalias son importantes para Santoro; al agregarlas pone de manifiesto una voluntad pedagógica que no se contradice con la enseñanza que trasmiten sus imágenes, sino que la remacha para que se entienda todo bien. Y, sin embargo, la actual exposición de Santoro gira alrededor del vacío que el mito peronista deja tras de sí cuando ha perdido su capacidad de generar grandes pasiones. Más que una celebración, lo que estos cuadros muestran es el duelo frente a una creencia que hoy es difícil sostener con la convicción de hace treinta o cuarenta años. Los centauros obreros que pinta Santoro llevan todos una cinta negra sobre la manga de sus camisas: son descamisados enlutados, porque ha desaparecido el Estado peronista y ellos mismos han sido expulsados de la ciudad que conquistaron; enlutados también porque en el centro de su duelo está el cuerpo de Eva, una difunta sagrada y profanada: el despojo de un símbolo.??Pero hay más. Un cuadro, La tempestad en Chapadmalal (cuyo sentido narrativo los lectores podrán leer en la explicación que lo acompaña), muestra en el mar pero cerca de la costa, casi en el centro de la composición, una roca horadada por el perfil monumental de Eva Perón prolijamente vaciado en la piedra. Como si fuera obra de la naturaleza, el hueco es una silueta contra el vacío, y el contorno de la cabeza de Eva rodea ese vacío haciendo presente tanto el perfil que todos reconocemos como la ausencia de la mujer inconfundible. En este punto habría que decir que ese perfil es completamente inconfundible no sólo por más de medio siglo de proliferación iconográfica, sino también porque nadie en la vida pública argentina construyó nunca su propio cuerpo y su cara como Eva Perón. Lejos de la frivolidad, Eva armó sobre su cuerpo la imagen del Estado peronista; se mostró siempre como la representación de un régimen político que la trascendía y, por eso, alcanzó una identidad sobre los estilos y las modas. El perfil vacío que Santoro cava en la roca de La tempestad es las dos cosas: el sello de un régimen y su ausencia. Nuevamente, un duelo. Dos veces repite Santoro ese motivo. El vacío del perfil en la roca se llena con una perspectiva aérea de un parque geométrico, con edificio de la CGT y mausoleo; en este cuadro la didáctica se toma una revancha sobre el símbolo, y toda la representación se debilita. Más misteriosa, la Eva como una selva oscura restituye al perfil su doble carácter de ausencia (falta ese rostro) y de presencia (esa silueta es Ella). La mujer ausente, la mujer robada, también está en la diminuta esfinge con cabeza de Eva, que integra la maqueta de La isla de los muertos, sobre cuyo significado quien esté dudoso podrá leer la explicación anexada por el pintor.??Pero no todo es ausencia y luto. Eva, como una imagen religiosa, preside el conjunto de las obras en La Piedad. Eva Perón devora las entrañas del Che Guevara. La tela redonda, el oro de la aureola que rodea la cabeza de la Virgen-Eva, el título, y la pose de los dos personajes pertenecen a la tradición cristiana. Pero Eva saca las vísceras del Che muerto y las lleva a su boca. Vale la pena copiar la explicación de Santoro: "El peronismo y la izquierda en un ritual de comunión, una recirculación de emergía visceral, que nos remite a los viejos rituales de canibalismo habituales en muchas culturas originarias de América". O sea: cristianismo, pueblos originarios y radicalización de los años setenta, el brebaje que dio tendencias como Cristianismo y Revolución y, poco más tarde, la confluencia de católicos radicalizados en la guerrilla. El reciclado del mito en clave setentista ya no es sólo duelo; y la muerte del Che no es sólo luto: Evita revolucionaria está naciendo de esta mujer con ropas oscuras y aureola dorada que no es simplemente una Piedad cristiana sino una rubia mestiza americana que realiza el ritual caníbal que la transformará en Evita Montonera. Cuando la crítica se refiere a la obra peronista de Santoro suele aparecer el término kitsch, usado positivamente: como quien dice "el buen salvaje" o "el simpático mal gusto". Esta serie, en cambio, es melancólica y grave porque incluso Santoro, que ha pintado la felicidad y el kitsch infanto-peronistas, sufre la muerte de los mitos o su persistencia como ruinas sin cabeza.