La ausencia y el rol de la fotografía en la expansión de una cultura de derechos

Roberto Saba


Detrás de cada violación de un derecho humano hay una persona, una historia, y uno o varios objetos que evocan a la persona y a la historia. A veces ese objeto se identifica con la persona al límite de compartir con ella su identidad. Ese objeto es todo lo que nos queda de la persona. Iluminar esta verdad, tantas veces olvidada, es el gran aporte de la obra de Santiago Porter a la causa de los derechos humanos y la justicia en Argentina.

Con demasiada premura las víctimas se convierten en números y estadísticas, sus nombres se transforman en el de una causa judicial o el del fallo de un juez. El hecho o el precedente judicial muta en objeto de estudio que es analizado y discutido en los claustros de las Facultades de Derecho. Otras veces, el “caso” se repite infinitamente en los medios de comunicación al tiempo que se cruza con la política, las relaciones internacionales, los conflictos más remotos y más cercanos. Este proceso veloz e implacable desdibuja los rostros de las víctimas y deshace hasta la desaparición la historia individual de cada una de ellas. Este proceso nos irrita por la angustia de una justicia que no llega, al tiempo que nos adormece a medida que se extiende en el tiempo y nos olvidamos de que las víctimas, en plural, son en verdad una suma de individualidades con sueños, hábitos, trabajos, amores, odios, familias, proyectos…

Uno de los mayores desafíos de quienes trabajamos en derechos humanos consiste en volver a colocar permanentemente en el centro de la escena a las personas que habitan detrás de las víctimas “judicializadas”. Al ser humano que sufre o sufrió detrás de cada caso. Los procesos judiciales burocratizan a las víctimas y alejan la atención de quienes observamos lo sucedido. El “caso AMIA” no es sólo un caso. En la medida que no logremos recordar en todo momento que el “caso” es en realidad un conjunto de personas que sufrieron y sufren a causa de la violación de sus derechos, la atención pública decaerá o se concentrará en los aspectos, quizá, menos relevantes del suceso.

El tiempo pasa y la sensación de impunidad crece con cada hora.  La preservación de la memoria es necesaria como estrategia para la búsqueda de justicia y para prevenir futuras situaciones de horror. Memoria y fotografía son elementos inescindibles de esta ecuación y Porter nos lo recuerda en cada par de imágenes. La fotografía cumple, según mi perspectiva, un rol fundamental en la expansión de una cultura de derechos y de apego al ideal de justicia. Convierte los “casos de violaciones de derechos humanos” en historias de personas concretas que padecen o padecieron sufrimientos a veces imposibles de transmitir por otro medio que no sea una imagen.

El libro de Santiago Porter rescata de entre los escombros de la AMIA y de entre las fojas de los expedientes judiciales a las personas cuyas vidas terminaron o cambiaron para siempre como consecuencia del mal absoluto. Ese rescate cumple, entre otros, dos objetivos fundamentales. El primero, es el de mantener la memoria de lo sucedido. El segundo, el de ponerle rostros e historias a cada “caso”. El libro llegaría en un momento más que oportuno para contribuir, de este modo, a que el resto de los argentinos no olvidemos y no dejemos nunca de reclamar por conocer la verdad de lo ocurrido y la identidad de los responsables.