Traducir el dolor

Marcelo Birmajer


No todos somos capaces de hablar el idioma del dolor. Ni de entenderlo. No siempre el relato del deudo, ni nuestro afán de socorrerlo, nos permite comprender la magnitud de la pérdida, la marca de la tragedia. Las fotografías de Santiago Porter son un medio de comunicación entre aquellos que padecen lo indecible, y el resto de la humanidad.

Porter ha retratado la ausencia, la tristeza y el dolor. Haberlo logrado ya es un mérito. La posibilidad de narrar, por medio de fotografías, el peso de la ausencia, la infinita tristeza, el implacable dolor, permite que el resto de la humanidad pueda comunicarse con los deudos, que son también las víctimas. 

Por mucho que queramos acercarnos, las tragedias provocadas por asesinos, además de matar, exilian a los deudos. La mujer o el hombre que han perdido a su hijo, a su yerno, a su hermano, a su madre, a su esposa, quedan, a partir de la hecatombe, en una isla que los separa de todos aquellos que no han padecido lo mismo. Todos los seres de buena voluntad intentan tenderles la mano, convocarlos a hablar como un modo de alivio, restañar sus heridas como sea. Pero ese contacto no depende de la voluntad, por muy buena que esta sea. En esa frontera infranqueable, el artista tal vez pueda actuar como un contrabandista, como un intérprete. No es su obligación, pero, si lo logra, debemos agradecerle.

Porter comunica a los habitantes del dolor con el resto del continente humano. Estas fotos son esas botellas al mar. Esos mensajes cifrados que, aunque no podamos repetir, podemos entender.

En las fotografías de Porter no existe una división entre materia y espíritu. Los objetos no son desdeñados como mera materia. La piel, la carne, los músculos del rostro de los deudos, y el desamparo de sus almas, en estas fotos, son una unidad. No podríamos separar la carne de sus sentimientos.

Una billetera no es un olvidable adminículo de cuero: es el cofre donde se guarda la foto carnet del rostro de su dueño. Una raqueta no es un objeto cualquiera: la mano de un joven la asió, le pegó con pasión a una pelota, se mordió los labios rogando para que cayera dentro de los límites de la cancha.

El mundo material no es una circunstancia menor, ajena a nuestros supuestamente elevados sentimientos. Alma, sentir y materia, se trenzan en la dura y confusa existencia humana, y ya no se separan más, hasta que la muerte los separa. Eso es lo que muestran, también, las fotos de Porter: cómo la muerte ha venido a dejar huérfanos a esos objetos que, mientras duraron las vida de sus dueños, fueron también parte de lo humano. Una raqueta, un par de pinceles, un delantal de maestra jardinera.

Frente a la tragedia, el concepto de propiedad cobra un vigor que tal vez la cotidianeidad nos oculta; el concepto más profundo de propiedad: aquellas propiedades que tienen un valor único para sus dueños. Un nombre propio, el par de zapatillas con las que ganamos nuestra primera carrera, la taza rusa que guardó nuestra abuela (todos los objetos de su vida se rompieron, pero esa taza, milagrosamente, atravesó los continentes y los desastres), la kipá con la que hicimos el Bar Mitzvá. La trascendencia no está más allá de estos objetos: los incluye. Y cuando sus dueños faltan, estos objetos gritan sus nombres, una y otra vez, junto al silencio de sus parientes en llaga viva.

Santiago Porter no llegó de casualidad a estos retratos. No fue la tragedia lo que lo convocó, de un día para otro. Se había acercado al Once antes de nacer. Es el sobrino nieto de uno de los más importantes poetas judeo-argentinos, y sin duda el más celebre: Israel Zeitlin Porter, cuyo público seudónimo fue César Tiempo.

El propio Porter describe su llegada a este trabajo de un modo que yo no podría mejorar:

“Mi familia proviene originalmente de Ekaterinoslav (hoy Dniepropetrovsk, Ucrania). Como muchos otros judíos, escapando de los pogroms, los hermanos Porter llegan a Buenos Aires el 12 de diciembre de 1906. Eran 5 varones y una mujer: Rebeca Porter. Rebeca llego a la Argentina con su  primer hijo, de 9 meses, en brazos: Israel Zeitlin Porter, luego conocido como Cesar Tiempo. Israel, como todavía le dicen mis tías, fue el primo hermano de mi abuelo y un personaje mítico en la familia.

Para cuando yo tuve la inquietud de leerlo, sus libros ya no circulaban. Y en el contexto de la familia todos argumentaban haberlos prestado. El lugar inexorable donde sus libros no podían no estar, era la biblioteca de AMIA. Cuando finalmente decidí llevar a cabo mi investigación sobre sus libros como posible material para mi propia producción, explotaron la bomba”.

Las víctimas- porque los familiares de las víctimas son también víctimas- le revelaron su tristeza. La mirada del fotógrafo fue hospitalaria para recibir la mirada de su retratado, e incluso para recibir la ausencia de los seres amados.

Santiago Porter es respetado por sus colegas por su capacidad para la edición, por su precisión, su manejo de la luz y su profesionalismo. Tal vez no sean las capacidades que mejor suenen para adentrarse en estas tinieblas. Sin embargo, en este caso, lo contrario es cierto. Los escombros, los cadáveres, los hechos brutos de la masacre, no comunican la tristeza, la ausencia y la desazón. Las fotos de Porter son las fotos del día después. Son las fotos de la pregunta: ¿cómo voy a seguir viviendo, cómo voy a vivir con su ausencia? Y son un pedido mudo pero incesante, de justicia. Justicia. Justicia. El consuelo es imposible, pero la Justicia es la responsabilidad de todos aquellos que, por el azar, no perdimos lo más amado en este atentado contra la humanidad.

Porter puso su pulcritud al servicio de la expresión del dolor y la ausencia. Era uno de los modos de lograrlo.

Luego del caos de los asesinos, de la muerte, los cuerpos desmembrados, los libros quemados y húmedos, la destrucción…; la pulcritud, la luz y la sombra cuidadosamente planificadas de estas fotografías, vienen a restituir el orden de la vida. En función del duelo y la búsqueda de justicia, es verdad, no en función festiva; pero de todos modos restituyen el orden de la vida. Hasta el día de hoy, los ejecutores materiales e intelectuales de la masacre continúan libres. Este libro de Santiago Porter es un aporte al recuerdo de los asesinados y sus seres amados. Y también un reclamo de justicia.